Los Premios Goya de Málaga… y los malagueños: Antonio Banderas y Belén Cuesta, triunfadores en su tierra

Era la primera vez de la historia que los Premios Goya volaban hasta Málaga. Un buen puñado de malagueños ilustres, formaban parte del ‘show’. El más esperado en el universo del cine español. Esa noche mágica en la que unos cuantos salen por la puerta grande, y son los más los que se vuelven al hotel con el fiasco de haberlo acariciado.

Dicen que hay quien no es profeta en su tierra. Pero también hay quien habiendo triunfado fuera, es capaz de regresar a ese rincón donde creció para demostrar que ha logrado aquellas metas con las que soñaba cuando se alejaba del calor de su casa. Lo vimos hace unos días, en los Premios Feroz. Se celebraron en Alcobendas, y allí regresaba, convertida en estrella de Hollywood, Penélope Cruz.

Belén Cuesta no ha cruzado el charco. Aún. Es joven y tiene margen de proponerse llegar todo lo lejos que le apetezca. Precisamente, una de sus rivales en la categoría de mejor actriz principal era Penélope. Pero se lo llevó ella. Quizás con menos relumbrón internacional, pero con un carácter que, en muy poco tiempo, ha provocado que se gane el cariño del espectador y de la prensa.

No podía contener la emoción. Cogía aire y acertaba a decir “Gracias compañeros por…”. Ella misma se pedía tranquilidad “A ver, calma”. Y arrancaba: “Por darme esto aquí, porque en casa es muy emocionante“. Con su humildad, se dirigía a quienes eran sus adversarias en la categoría: “Quiero darle la enhorabuena como compañera y como espectadora a Marta, Greta y Penélope, porque vuestro trabajo es inspirador”.

“Gracias por darme el personaje de mi vida, por contar estar historia”, se dirigía a los directores de ‘La trinchera infinita’, película que le ha dado la gloria. “Y gracias a Antonio de la Torre, porque mi Rosa sin tu Higinio no sería nada”, reconocía el mérito de su compañero de reparto. “Quiero compartirlo con is amigos y mis compañeros de la escuela. Con el amor de mi vida, con Tamar. Con mis titas, que os quiero… A mi padre, eres el mejor padre que una mujer puede tener. Y a mi madre, porque es la mujer más valiente del mundo“. decía de carrerilla.

Conmovía. No lo hacía menos Antonio Banderas. Su Salvador Mallo en ‘Dolor y gloria’, a las órdenes de Pedro Almodóvar, le valía el primer Goya de su vida (el otro que guarda en su casa, era el honorífico que se le entregó hace dos años). Me había preparado un discurso, pero no lo voy a leer. Se llamaba ‘Discurso improbable’“, empezaba uno de los embajadores de la marca España desde hace más de una década.

Si mi cardiólogo está viendo esto, debe estar flipando”

“Si mi cardiólogo está viendo esto, debe estar flipando, porque tengo el corazón en la boca”, añadía antes de disparar un sinfín de piropos a su amigo Almodóvar: “Pedro, hace 40 años que nos conocemos. Hemos pasado por La Movida, hemos hecho 8 películas. Nunca he conocido un cineasta con la lealtad que tú le tienes a tu cine. Nunca te has tracionado, por nada. He aprendido tanto de ti de la vida… Ha habido lecciones extraordinarias para abordar los personajes. No podía pasar de otra manera: tenía que encontrarme contigo para llegar hasta aquí. Los mejores trabajos los he hecho contigo”.

“Julieta Serrano ha sido mi madre en tres ocasiones, todas con Pedro Almodóvar. Es mi madre almodovariana. Ha sido un viaje muy especial, único a todo lo que había hecho… Y luego, toda la información emocional que Pedro me ha dado: ¿cuándo voy a tener al personaje que interpreto dirigiendo la película?“, continuaba con esa lección de improvisación exquisita.

Aunque lo mejor estaba por llegar. Porque si alguien sabe cerrar los discursos, enganchar y evitar que suene esa música de fondo con la que se corta a quien se está enrollando, es Antonio. “Hoy, 25 de enero, se cumplen tres años desde que cumplí un ataque al corazón. Y me habéis dado este regalo. Y no solo estoy vivo, sino que me siento vivo”, terminaba, haciendo que el patio de butacas estallara en un enorme aplauso.

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