Nicole Kidman, solo se vive dos veces

Todo es cuestión de ensayo-error. Especialmente, para la hija de un científico. La regla no se aplica solo en un laboratorio sino, sobre todo, en la vida. Nicole Kidman quizá aprendió la teoría de él, pero la práctica se la debe a una trayectoria que, como cualquier buena historia, ha seguido una línea sinuosa, a ratos enigmática e inevitablemente imperfecta. Y ahora, a sus 52 años, parece que ha encontrado la fórmula del éxito. Presume desde hace casi 15 años de matrimonio estable (y hasta empalagoso) con Keith Urban y está viviendo uno de los mejores momentos de su carrera. Tras dar el salto a la televisión, hace dos años produjo y protagonizó Big Little Lies. Y el saldo, materializado en un Emmy y un Globo de Oro, no pudo ser más positivo. Por eso, está a punto de estrenar un año frenético repitiendo el experimento con tres series más. Producirá y protagonizará The undoing, donde dará vida a una psicoterapeuta casada con un marido siniestro (Hugh Grant). Después llegarán The expatriates (sobre una comunidad de expatriadas en Hong Kong) y Nine perfect strangers, adaptación de la novela de Liane Moriarty, autora de Big Little Lies. Y antes de rodar The Northman, una de vikingos, a principios de año llegará a las salas El escándalo, con Charlize Theron y Margot Robbie, donde Kidman da vida a la periodista Gretchen Carlson en la trama que precipitó la caída del CEO de Fox News Roger Ailes, acusado de acoso sexual por varias mujeres. Sin embargo, ninguno de sus papeles es tan interesante como su propia historia.

Mis hijos son adultos. Eligieron la Cienciología y mi trabajo es quererles”.

La segunda de sus dos vidas empezó hace 20 años. Desnuda y frente a un espejo, Tom Cruise la besaba apasionadamente. Detrás de la cámara les observaba Stanley Kubrick, que nunca llegó a ver aquel instante en la gran pantalla. Falleció antes de terminar el montaje de “su gran película erótica”, para la que había buscado una pareja en la vida real. De aquella escena icónica de Eyes wide shut han pasado ya 20 años. Entonces, nadie podía imaginar que la power couple más influyente de Hollywood se desmoronaba. Tampoco nadie sospechaba que de aquella catarsis nacería una leyenda. El divorcio, un año después, fue un trámite necesario y doloroso para que Kidman –hasta entonces arrinconada en el arquetipo de actriz sexy y ensombrecida por la fama de Cruise– desplegara su potencial de artista poliédrica y se convirtiera en una estrella fascinante.

De Hawái a Hollywood, pasando por Australia

Nicole y su hermana pequeña, Antonia, crecieron en una casa donde las conversaciones versaban sobre ciencia, política o filosofía. Su padre, fallecido en 2014, era un prestigioso bioquímico y psicólogo clínico; su madre, profesora y feminista, se negó a comprarles una Barbie (la actriz robó una) y las llevaba a repartir pasquines sobre los derechos de las mujeres. La actriz nació en Honolulu (Hawái), pero cuando cumplió los cuatro años, la familia regresó a Australia. Ella era tan tímida que a menudo tartamudeaba, pero encontró su refugio en el ballet y el teatro. Estudió interpretación en Sídney y debutó con 16 años en una película navideña. Luego encadenó trabajos en televisión con filmes populares (como Los bicivoladores), hasta que en 1989 el thriller Calma total le permitió dar el salto a Los Ángeles.

“Recuerdo estar muy nerviosa y verle llegar conduciendo su Porsche. Salió del coche y… me quedé con la boca abierta”, ha contado de su primer encuentro con Tom Cruise. Fue en el casting de Días de trueno, un título premonitorio sobre el desenlace de su relación. Ella tenía 23 años y era una recién llegada; él tenía 27, pero ya disfrutaba del estatus de las estrellas. Un año más tarde, estaban casados. Cruise se convirtió en su protector ante depredadores como Harvey Weinstein, con quien ella colaboró en varias películas. “Me casé por amor, pero estar casada con un hombre poderoso hizo que nadie se atreviera a acosarme”, confesó el año pasado en una entrevista con New York Magazine. Juntos adoptaron dos niños: Isabella y Connor.

“Fue un matrimonio precioso con dos hijos maravillosos. El resto… es historia”, comentó a la revista People en 2016. Pero su divorcio fue mucho más complicado de lo que nunca ha llegado a admitir en público. Probablemente, si un papel ha interpretado de manera más impenetrable y eficaz ha sido el del elocuente silencio de su divorcio. La actriz nunca ha aireado trapos sucios ni ha hablado del papel que la Cienciología pudo jugar en la ruptura. Quizá porque, como se ha dicho, se lo impedía un estricto contrato de confidencialidad. O quizá porque ella no es ese tipo de persona. De hecho, en aquel amargo proceso, solo se permitió una pequeña malicia en público: “Por fin podré llevar tacones”, dijo en un late night para zanjar el tema con una sonrisa.

Desde entonces, su diplomacia ha sido absoluta. También para hablar del distanciamiento de sus dos hijos mayores, que escogieron vivir con Cruise (y abrazar sus creencias religiosas). Nicole y su hija estuvieron mucho tiempo alejadas, aunque en 2014 reanudaron su relación. Los medios dijeron que Cruise prohibió a Connor invitarla a su boda porque la Cienciología la considera “supresiva”. Sin embargo, quizá para acallar rumores, ella declaró: “Daría mi vida por todos mis hijos. Ese es mi cometido. Son adultos, pueden tomar sus propias decisiones. Han escogido ser cienciólogos y mi trabajo como madre es quererles”.

La historia de amor que cambió su vida

Tras la separación, Nicole se concentró en su carrera. Un año más tarde recibió su primera nominación al Óscar por Moulin Rouge (2001) y al año siguiente se llevó la estatuilla por interpretar a Virginia Woolf en Las horas (2002). Desde ese punto de inflexión, ha demostrado ser una actriz de gustos extraños y arriesgados, que prepara minuciosamente sus personajes y es capaz de aceptar retos suicidas (como Dogville, de Lars von Trier). “Cuando era más joven, traté de encajar en una fórmula, pero nunca funcionó. Me aconsejaban hacer grandes películas, pero cuando me liberé artísticamente, encontré mi pasión”.

Su vida personal cambió en 2005, cuando conoció al cantante country Keith Urban. Vivieron un noviazgo breve, de paseos en moto y viajes por carretera durante una de las giras del músico. Se casaron en 2006, al mismo tiempo que la actriz se instalaba en un rancho en Nashville. “Keith ha traído gran felicidad a mi vida. Me hace sentir segura porque es tranquilo y sólido como una roca. No es maniático ni adicto al trabajo y tiene una filosofía vital muy sencilla. Me encanta cuando le hago un pregunta y se toma su tiempo para contestarme. Eso me vuelve loca”, me contó en 2014 cuando la entrevisté para XLSemanal. Abierta, simpática y encantada de hablar de su familia, confesaba que si pudiera tendría cuatro hijos más, pero que se sentía “demasiado vieja”; que si se hiciera un biopic sobre su vida habría “algunas sorpresas”; y que estaba convencida de que en su lecho de muerte no pensaría en ninguna de sus películas, sino en si su matrimonio y su familia seguían intactos. “Todo es cuestión de ensayo-error. Ahora ya sé cómo hacer eso posible”, decía y resultaba inevitable pensar que hablaba de las lecciones aprendidas de su primer matrimonio fallido.

Tengo una sexualidad muy fuerte, es una parte enorme de mí”.

Sin embargo, la historia oficial ningunea algunos escollos que ha atravesado la pareja por las adicciones del músico. Nicole se quedó a su lado cuando, cuatro meses después de su boda, ingresó en un centro de desintoxicación, donde pasó tres meses incomunicado. “Cuando la conocí, volví a nacer. Por primera vez, sentí que de verdad podía deshacerme de los grilletes de la adicción sin recaer”, ha dicho en más de una ocasión. Antes, no fue así: “Durante mucho tiempo, el alcohol y las drogas, sobre todo el éxtasis y la cocaína, eran lo mío”, dijo a Rolling Stone en 2017,

Kidman ha contado que tienen un par de trucos para mantener su relación viva. El primero consiste en darse un beso y un abrazo cada vez que se despiden o se reencuentran. El segundo nació de su incapacidad para manejar los primeros smartphones: en más de 15 años, jamás han intercambiado un mensaje por móvil. Si necesitan decirse algo, se llaman.

Cuando la actriz ya había cumplido 40 años y tenía asumido que no podría ser madre de manera natural (sufrió un aborto y un embarazo ectópico durante su matrimonio con Cruise), se quedó embarazada. Tras el nacimiento de Sunday Rose, llegó su segunda hija, Faith, fruto de una gestación subrogada. “He experimentado el poder sanador del matrimonio. Nunca me había sentido tan fuerte, tan equilibrada, tan dueña de mi destino y de mi vida. Lo más bonito que me ha dicho mi hija es: “Mamá, papa y tú siempre os estáis besando”. Y es cierto”. En Nashville, y con Urban, se ha encontrado consigo misma. Sin paparazzi ni eventos, cultiva rosas y es una de esas madres que acompañan a los profesores en las excursiones o lee historias en el colegio.

Pero Kidman es una mujer compleja y difícil de etiquetar. ¿Qué sabemos de ella? Que mide 1,80 m, que es zurda y alérgica a las fresas, que su primer beso se lo dio un novio en el cine (viendo El resplandor); que jamás va por la calle sin sombrero (por el sol); que fue adicta al bótox, y ahora menos. ¿Y qué más? Es capaz de hacer confesiones aparentemente contradictorias, como: “Tengo una sexualidad muy fuerte. Es una parte enorme de quien soy y de mi existencia”; pero también: “Me encantaba la idea de ser monja”. En ella conviven la mujer que siempre quiso ser madre y tener un matrimonio estable y la artista creativa, ambiciosa y poliédrica. Aparentemente, sus dos almas mantienen la armonía. Entre su rancho de Nashville y su granja en Australia; entre sus rodajes por medio mundo y las giras de su marido; entre las excursiones escolares y las alfombras rojas. Ese, dice, es su plan, al menos, durante 20 años más.

Mansiones y millones

Kidman ha diversificado su negocio y ya no es solo una actriz muy solicitada (y mejor pagada), sino también una productora de éxito que, como muchas otras actrices de su quinta, decidió dejar de esperar a que los estudios abrieran sus puertas a las narrativas femeninas y empezó a producir sus propios proyectos. En 2010, fundó la productora Blossom Films, artífice de éxitos como Big Little Lies. Y esa combinación ha resultado ser de lo más rentable: en 2018 fue la cuarta actriz mejor pagada, con unos ingresos de 34 millones de dólares según Forbes. Además, se estima que su fortuna alcanza los 120 millones. Y no hay que olvidar que es imagen de marcas como Omega o Neutrogena. Ella y Keith Urban han invertido sus ahorros en propiedades inmobiliarias: aparte de su residencia en Nashville (un rancho valorado en más de tres millones de dólares) tiene dos casas en Australia: una granja en Bunya Hill y un ático en Sidney. El matrimonio también tiene una residencia en Nueva York, valorada en más de 10 millones de dólares, y una casa en Beverly Hills.

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