Woody Allen: "Me gustaría retirarme en Oviedo y tener una bonita vida de jubilado"

Si hubiera sabido que la industria del cine iba a perder su parte social, habría empezado mi carrera en el teatro”, proclama Woody Allen con sorna. Desde hace algo más de medio siglo, su cine ha acompañado nuestras vidas. Y también, desde entonces –y sin duda como constatación de una más que ferviente y envidiable creatividad– cada año, de forma casi ininterrumpida, nos ha sorprendido con una nueva cinta. Quizás por eso resulta un tanto inverosímil creer al director cuando habla de retirarse y de hacerlo en… Oviedo.

Sí, Allen fantasea “con poder tener allí una bonita vida de jubilado, alejado del terrible mundo que hay fuera”. Ficciones a un lado, a sus85 años sigue defendiendo
–con voz débil, pero argumentos rotundos– sus trabajos presentes, barruntando futuros proyectos y asegurando, desde su dúplex en Manhattan (EE. UU.) donde nos atiende por teléfono, que esa creatividad pocas veces descansa. “Siempre estoy recopilando ideas y escribiendo”, comenta.

Eligió una de esas mil historias que transitan por su mente como argumento para la comedia romántica con la que el Festival Internacional de Cine de San Sebastián (donde se exhibirá por primera vez en el mundo) ha dado su pistoletazo de salida. Un relato que, precisamente, sitúa en la ciudad vasca y, por ser más precisos, en este certamen que conoce bastante bien.

Allí no solo estrenó Melinda y Melinda o Vicky Cristina Barcelona, sino que también recibió, hace 16 años, el Premio Donostia de manos dePedro Almodóvar. Un evento internacional que, además, respeta enormemente porque “nunca ha sido un festival como los de Hollywood, siempre han programado películas muy buenas”. De hecho, El festival de Rifkin –que perfectamente podría haberse titulado El festival de San Sebastián– comienza con una sincera crítica a las actuales muestras de cine por parte del protagonista, Mort Rifkin.

Interpretado por un magistral Wallace Shawn, su personaje asegura, sin matices, que ya no son lo que eran. “Originalmente, los festivales mostraban las creaciones de grandes directores, como Fellini, Antonioni, Bergman o Kurosawa”, justifica el director norteamericano. “Sin embargo, ahora muchos de estos encuentros cinematográficos se han vuelto excesivamente comerciales. Puedes ver las películas que presentan en cualquier sala, no hay nada de especial u original en su programación”, añade.

Aunque entiende que los cambios que se han producido en el séptimo arte no se limitan a los festivales. “La televisión ha transformado de manera negativa esta industria –explica–. Ir al cine, en sí mismo, debería ser toda una experiencia: tener que esperar 15 minutos antes de entrar en la sala, ver la película en una gran pantalla con otras personas que no conoces a tu alrededor… Pero toda esta magia que rodea a ese momento tan especial la pierdes si decides ver una película solo en casa”.

En todo caso, esto no ha mermado sus ganas de hacer cine. Woody Allen acumula más de 50 películas y otros tantos guiones. “Para mí, dirigir y escribir es lo mismo. Si no hubiese podido hacerlo todo al mismo tiempo, no habrían sido mis películas. Yo pienso en ambas cosas como una sola”, revela.

Su último estreno nos toca muy de cerca, pero esta no es la primera vez que el cineasta se asoma a nuestro país a través de la gran pantalla. Lo hizo antes en la mencionada Vicky Cristina Barcelona, y lo repite con El Festival de Rifkin, aunque la mirada hacia San Sebastián y su certamen está cargada de una más que evidente devoción. Se puede apreciar en su sabia elección –con la ayuda de profesionales americanos, italianos y españoles que integran la producción– de las localizaciones, en el extremo cuidado de la luz, en la concreción de los planos… Es un auténtico homenaje a la ciudad y un recorrido turístico-artístico envidiable.

“Solo conocía la ciudad por su festival, pero San Sebastián es una ciudad preciosa y que tiene mucho que ver”, constata. Además, como ya ocurrió con el film rodado en Barcelona, también esta vez recurre a actores europeos, entre ellos dos españoles: Elena Anaya y Sergi López.

“He trabajado en España e Italia [donde dirigió A Roma con amor] y he tenido la oportunidad de hacerlo con actores con mucho talento, con quienes no podría haber contado si hubiese dirigido películas americanas. Los artistas europeos están situados entre los mejores del mundo. En cine, son soberbios“, asegura Allen.

Sin embargo, en esta ocasión, Allen cede el papel principal a un gran actor americano, Wallace Shawn, habitual en las películas del director, aunque confiesa que no fue su primera opción. “Tenía en mente la idea del típico protagonista masculino”, reconoce. Pero, finalmente, a sugerencia de su amiga Juliet Taylor, la directora de casting de la mayoría de sus películas –pero no de esta–, decidió que nadie como ‘un intelectual de verdad’ [Shaw es también autor teatral] podría interpretar el papel principal.

Este personaje, como ocurre en muchas de las cintas de Woody Allen tiene mucho que ver –si no es su alter ego– con el carácter del director neoyorquino. “Si repaso mi vida, me doy cuenta de que mis amigos de la escuela eran optimistas, animados, positivos, osados, graciosos, etc., mientras que yo era todo lo contrario: miedoso, aprensivo, siempre parecía preocupado… He tenido un carácter difícil. Y este ha sido el patrón básico de mi existencia durante toda mi vida”, afirma cuando indagas sobre las similitudes entre director y protagonista.

En su vocación por prestar parte de su personalidad a sus personajes, también traslada al film, a través de Mort Rifkin, que interpreta a un profesor de cine, su permanente insatisfacción por no alcanzar la obra de arte perfecta o su visión crítica sobre el mundo que nos ha tocado vivir. Un mundo en el que, según su parecer, se ignora todo aquello que destaca por su excelencia y su belleza.

Woody Allen justifica así su visión de la realidad: “Todas las civilizaciones y las generaciones tienen que lidiar con la hipocresía, con valores falsos o con la carencia de ellos. Ha ocurrido en todas las culturas y no es diferente en nuestra generación; hay cosas sustanciales y otras que no, como siempre se ha repetido en la historia. Existe una parte muy hipócrita, inmoral, y así es el mundo: una combinación de cosas merecedoras de ser reseñables y de otras abominables”.

La pausada conversación con el cineasta prosigue, y surge, claro, el reciente libro de memorias que acaba de publicar, A propósito de nada (Alianza Editorial). Es un buen momento para repasar de un vistazo rápido su vida e intentar hacer balance. El director asegura que podría hablar durante mucho tiempo de todo lo que se arrepiente. “Por ejemplo, de no haber escrito determinado guion, no haber rodado cierta película, no haber invitado a cenar a una chica, no haber vivido en Europa durante un tiempo…”.

Pero… ¿se enorgullece especialmente de algo? No tiene duda: “Nunca he rodado una película comercial con el simple objetivo de encandilar a la audiencia. Siempre he podido contar mi historia sin estar pendiente de lo que luego diría el espectador o de si irían o no a verla”.

Llega la hora de despedirse del director y también el momento de…, sí, de nuevo, hablar de proyectos, de un futuro que se adivina imparable. El infatigable Woody tuvo que paralizar su siguiente película debido a la pandemia, pero el próximo año, en verano –”el tiempo que dedico a rodar debido al calendario de mis hijos“, reconoce), ya tiene nuevo destino.V olverá a Europa. Le espera París, y seguramente bajo su mirada la ciudad francesa tendrá otra luz. Lo mismo que después ver El Festival de Rifkin, San Sebastián se nos antoja un poco distinta, pero –eso siempre– extremadamente bella.



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