La complicada y polémica historia del traje de baño

Siendo ambas imágenes veraniegas del mismo siglo, hay pocas coincidencias entre la indumentaria de las mujeres de Joaquín Sorolla en Paseo a orillas del mar (1909), y la de las féminas de la alta sociedad que Slim Aarons fotografiaba en los años 60. Las primeras, con sus largos vestidos blancos de verano, sus sombrillas y sus botines acordonados, sorteando la marea; las segundas, a punto de zambullirse en alguna idílica piscina marcando silueta en su pertinente traje de baño. Entre las dos viñetas costumbristas, apenas hay cincuenta años de diferencia no exentos de controversia.

Fue a finales del siglo XIX cuando se empezó a considerar el baño como actividad de ocio; además, los médicos comenzaron a recomendar las bondades terapéuticas de la costa y las playas atrajeron al público acomodado. En ese momento, el traje de baño lo era en todo el sentido de la palabra: un vestido de lana o algodón de amplias faldas y manga cubierta, pues que una mujer enseñara piel de más se consideraba indecente. El movimiento con ellos en el agua, por el peso, era casi imposible pero, una vez asentado el ocio a pie de mar, los primeros cambios no tardaron en llegar.

Tras aligerarse una primera vez en un conjunto de pololos y camisa con cuello marinero, en 1905 la nadadora australiana Annette Kellerman diseñó un modelo de una pieza ajustado al cuerpo que le permitía mayor movilidad y velocidad. Era muy similar al que podían vestir los hombres, pero causó un revuelo tan grande como lo fue su logro.

El suyo fue el primer paso hacia la practicidad del bañador femenino. Esta tendencia se extendió en los años 20: una pieza, aún de lana, que las flappers accesorizaron y donde destacaron marcas como la americana Jantzen, aún en activo. Las mallas, eso sí, no podían elevarse demasiado sobre la rodilla, y se establecieron policías en algunas playas encargados de medirlo.

Su estética se adaptó a los años 30, momento en el que se empezaron a buscar innovaciones técnicas en los tejidos para hacerlo aún más cómodo; en los 40, la pieza se estructuró y se incorporaron detalles como el escote corazón. En este tiempo, además, el racionamiento impuesto por la guerra obligó a una reducción en las telas de baño en países como Norteamérica, y los diseñadores optaron por restarlos en la parte superior del abdomen, dividiendo el bañador en dos piezas.

En julio de 1946 el ingeniero francés Louis Réard presentó el primer biquini dejando a la vista el ombligo de la mujer por primera vez. Consciente del enfado que iba a generar, aprovechó el nombre del atolón Bikini donde EE. UU. estaba haciendo pruebas atómicas y lo bautizó en su honor, considerando que su impacto iba a caer como una bomba en la sociedad.

No se equivocaba: ninguna modelo quiso lucirlo ese día y finalmente contrató a Micheline Bernardini, una stripper de un club de París. Muchas mujeres se mostraron reticentes a este nuevo invento durante los cincuenta, y países como Italia o España lo prohibieron aunque, como apunta Juan Gutiérrez, responsable de indumentaria del s. XX del Museo del Traje, “es interesante cómo el franquismo cedió a la profusión del mismo desde un momento temprano, presionado por el potencial económico del turismo extranjero”, ya en la década de los 60. Eso sí, matiza, “aún hacia 1970 las españolas tenían que luchar por el derecho a lucirlo, una polémica que estalló con la conocida ‘guerra de los biquinis’ en Zaragoza”.

El biquini comenzó así, años después de su invención, su aceptación social. Por las bondades del turismo, pero también por las del cine internacional, con actrices como Brigitte Bardot llevándolo en Cannes o Ursula Andress en El agente 007 contra el Dr. No (1962) saliendo del agua con un dos piezas blanco tras décadas en las que el código Hays de Hollywood había prohibido mostrar el ombligo. Además, “en los 60 se produce un salto importante que tiene que ver con la ruptura con el moralismo impuesto sobre el cuerpo de la mujer, que entonces comienza un rápido e irreversible proceso de emancipación”, añade Gutiérrez.

La evolución estaba servida. En las décadas siguientes, y a excepción de la introducción del tanga en los años 70, se ha adaptado la pieza a cada tiempo estético y hoy, por lo general, las mujeres pueden bañarse sin que nadie les mida la promiscuidad, buscando únicamente el sentirse cómodas consigo mismas.

¿Es la historia del bañador también la de la liberación de la mujer? Su revolución no fue pequeña y muchos la consideran como tal, pero el experto aconseja cautela: “Hay un doble camino: por un lado, la conquista de la funcionalidad que empieza a principios del s. XX con pioneras como Kellerman. Pero, por otro, está la cuestión de la erotización del cuerpo de la mujer. Que esto sea una liberación es algo que pondría en duda, pues en realidad son demandas que proceden muchas veces del sector masculino y poco a poco se extienden al público general, pero en principio tienen mucho que ver con la producción de erotismo (…). Dudo que su aparición respondiera a una demanda social por parte de las mujeres”, sentencia. Polémico en sus formas y en su discurso, tan atómico como lo anticipó Réard y, aún así, sería difícil imaginar ahora un verano sin él.

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